Hoy estuve por Plaza Cataluña para ver de cerca el rostro de eso que se ha dado en llamar Spanish Revolution, Revolución de los Indignados, etc. Hubo algo que enseguida me llamó la atención: el estado de deterioro y destrucción de la plaza. No pude dejar de pensar en experiencias pasadas, en otra revolución, allá por el Caribe, una que derribó monumentos, desmontó arboledas, desecó ciénagas, y a la postre terminó destrozando vidas. Aquí, en plaza Cataluña, todo marcha aún en un estado embrionario, pero el deterioro de la plaza, único espacio de poder físico de estos revolucionarios, parece augurar la tormenta que se desataría si llegaran, como en aquella isla caribeña, a ostentar un poder mayor. A esto se suma la indiferencia con que los revolucionarios indignados, o viceversa, parecen asumir dicho deterioro.
El revolucionario es un amante del arte, ha inventado hasta estilos, quién no recuerda el “realismo socialista” o “la nueva trova”, en plaza Cataluña había un trovador con aspecto andino que guitarrazo tras guitarrazo le recordaba al público que “el pueblo unido jamás será vencido”, poesía en estado puro, alrededor un público extasiado lo escucha convencido de asistir a un momento histórico extraordinario, quien les iba a decir que este año se iban a ahorrar el pasaje a Cuba, ya no hace falta ir tan lejos para hacer turismo revolucionario, la revolución ahora transcurre en el patio de casa.
Han ido pasando los días desde que comenzó esta revolución, ha habido cargas policiales, aún no hay mártires pero podrían aparecer en cualquier momento, las revoluciones necesitan de ese combustible. Sobreabundan las propuestas para repartir la riqueza (ajena) y brillan por su ausencia las que pretenden que se genere riqueza, no faltan las que abogan por liquidar las instituciones democráticas, que es cierto distan mucho de ser ideales, pero en su lugar solo proponen el caos y la anarquía, reservando, de paso, el derecho a administrar ese caos, seguramente, a un revolucionario iluminado y de honestidad (ya se sabe que es la mayor debilidad de la especie) a toda prueba.

