martes, 20 de septiembre de 2011

jueves, 8 de septiembre de 2011

Como dioses.

A veces tengo algo así como premoniciones. Hace tan solo unas semanas estuve preparándome para un largo viaje, en que debía tomar varios aviones, no era la primera vez, y aunque no suelo sentir temor a volar, esta vez estuve durante varios días sintiendo miedo y hablando del asunto en diversas ocasiones, imagino que con la intención de aliviar la angustia que esto me producía.
    Finalmente emprendí mi viaje que duro cerca de 10 días y, justo en el vuelo de vuelta a casa, pasados apenas cinco minutos del despegue, el piloto anunció que debíamos regresar, que teníamos un problema pero que no era nada grave, tan solo tomaría unos quince minutos.
    Los quince minutos se convirtieron en más de una hora, el avión estuvo volando en círculos, sobre una zona pantanosa, plagada de cocodrilos y serpientes.  Durante ese tiempo se sucedían comunicados anunciando que era un problema de presurización, que aterrizaríamos en un aeropuerto cercano, pero lo más preocupante, además de la espera, fue que el piloto comunicó que empezaríamos a perder combustible para aliviar el sobrepeso del avión.
   Quizás para un experto todo esto correspondía a una rutina perfectamente comprensible, pero para mí, y creo que para casi todos los pasajeros, aquello parecía la rutina de un aterrizaje de emergencia. Este es el fin! Pensé… y empecé a recordar a toda mi parentela, despedirme y rezar para ver si Dios me echaba una mano. En medio de todo aquello me decía a mi mismo que debía haber hecho caso a mis instintos, que no era la primera vez que presentía cosas y después se daban, pero no había remedio, no tenía como escapar de aquella situación. Fue entonces que se me ocurrió la idea de que quizás no se tratara de una premonición, sino que, de tanto temer volar, yo mismo había logrado modificar la realidad para que este temor se cumpliera, porque de alguna manera yo así lo deseaba. No importaba que el resto de los pasajeros nada tuvieran que ver conmigo, llego a parecerme comprensible y natural, la idea de que yo fuera como Dios, que de manera mágica fuera modificando la realidad, al final la premonición solo sería un momento pasajero, en el que tuve conciencia de este poder, una especie de revelación de mi mismo.
   Me dispuse a morir, pero la verdad es que no quería hacerlo, y pensé que si al final tenía este poder para modificar la realidad pues seguramente no moriría ya que no quería, o tal vez sí, me entraron dudas, lo confieso. Tenía la sensación de que este poder reside en lo más hondo de mi ser, que no siempre esta a la vista, sino que yace oculto en un lugar parecido a eso que llaman inconsciente, y si es así, como iba yo a saber lo que realmente quería, a lo mejor me estaba mintiendo también esta vez.    
   Recordé entonces que este tema me obsesiona, constantemente me encuentro   personas, con las que he compartido espacio y experiencias, que tienen una visión tan diferente a la mía de esa realidad, que cuando las escucho me parece como si viviéramos en lugares diferentes. Hablan de lo que parecen ser sus deseos como si estos fueran la realidad misma, no importa que, hechos concretos y demostrables, le digan que están equivocados, siguen repitiendo una y otra vez su discurso,  basado en creencias que responden a sus más íntimos deseos, y no ven que estas no tienen una correspondencia en el mundo objetivo. Si ellos tuvieran el poder que suponen y que yo creo tener, y si al final sus deseos se hicieran realidad, entonces estarían perpetuando en su existencia ese mundo construido sobre la falsedad de sus creencias, no importa que la realidad sea totalmente diferente, ellos la experimentarían y elaborarían de manera tal que el resultado encaje con sus más profundos deseos, que a fin de cuentas es donde reside el poder para cambiarla, pero que de esta manera ese poder quedaría totalmente anulado pues no considera de manera veraz el entorno. 
 Quizás ellos y yo representamos dos aristas de un mismo problema, yo pienso que tengo el poder de ajustar el mundo a mis deseos cuando es probable que lo que sucede es que muchas veces no soy consciente de estos pero mi conducta, como si respondiera a una fuerza mayor, me lleva a colocarme en situaciones donde podrían materializarse. Mientras tanto este otro grupo de personas no sólo no son conscientes de sus deseos sino que además deforman la realidad para ajustarla a sus creencias. Al final todos estamos enfermos de falta de objetividad, andamos a ciegas, incapaces de transformar el mundo y lo que es más importante: nuestra propia vida.
 
  Una especie de chillido me sacó de mis divagaciones, el avión acababa de aterrizar, al abandonar la nave un soplo de aire fresco me trajo de vuelta a la vida. Empezaba a caer la tarde, y las veinticuatro horas de espera que me aguardaban, para poder tomar el próximo vuelo a casa, fueron una cura de objetividad más que suficiente para, al menos por esas horas, apartar de mí  temores y falsas ilusiones.
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